Desconectarse de Gran Hermano durante un par de ediciones, u ocho, es irrelevante, porque volver a engancharse es sencillo. Y no lo digo por mi caso particular, sino por el formato y por los ¿concursantes? Nada cambia, aunque los rostros sean diferentes. Todo permanece.
La pasada semana me quedé un rato -más de los dos minutos habituales- conectado a Tele5 viendo una de las galas, no sé si bien de la final, de la repesca o de yo-qué-gaitas-sé. Y me aburrí. Mucho. Como un peluche en la estantería de una treintañera.
Y mientras me adormilaba creí entrar en un bucle espacio-temporal y volver a 2001 o a 2002. Las mismas peleas, los mismos comportamientos, idénticos temas de roce entre habitantes de la casa. El plató muy similar, la Milá igual de viejita, la ambientación musical muy parecida y los invitados de plató, familiares, etc, me resultaban casi como ese público de agencia de figuración que acabas reconociendo por su asiduidad.
A la gente, al espectador medio no le gustan los cambios. Si conectan GH durante diez años saben lo que van a ver y lo que quieren. Y lo tienen.
No voy a meterme con el programa: que si "telebasura" (prefabricada), que si plin. plan, etc. Eso lo sabemos, ¿no? y una postura de lucha contra el fenómeno es estúpida.
Pero si quiero reflexionar (¿reflexionar?) sobre ese hastío, ese sopor que me llevó a la cama antes de lo habitual aquella noche.
Da igual que X se llame Y este año, o Z el próximo. Los roles están definidos y alguien DEBE representar cada uno de ellos en las diferentes ediciones. El primer año se cuestionaba sobre la orientación de cada cual como si fueran marionetas de guionistas y director. Pero hoy les puedo asegurar que no, que más allá de algunas indicaciones irrelevantes, son los propios concursantes los que toman cada uno de esos roles en función de sus intereses.
Y cada cierto tiempo ocurren las mismas situaciones disfrazadas con distintas caretas, o disimuladas con algún elemento distractor. No se confundan, el fondo es el mismo.
Por ello, me resulta fascinante que a pesar de esa monotonía anual, los opinadores de turno sean capaces de dar tantas y tantas horas de debate y relleno a la cadena, hablando lo mismo cada año pero cambiando sólo los nombres de turno. O tiene mérito, o bien nuestra memoria es limitada. Claro, que cada vez tienen que ir más a las aristas, porque buscar un fondo distinto en cada individuo es imposible.
En fin, que si una cosa funciona, ¿para qué cambiarla? O será que en verdad lo que buscamos es aburrirnos un rato delante de la pantalla para liberar stress... Aunque no sea mi caso. Y ojo, que no busco las más finas y altas metas del entretenimiento en este medio, pero tampoco quiero elementos prefabricados.
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